miércoles, 13 de enero de 2010

Necrológica del cardenal Shirayanagi:

Gracias a Juan Masiá, es la primera vez que una necrológica me hace sonreír. Pidamos a Dios, Padre y Madre, que nos envíe pastores con el maravilloso espíritu del cardenal Shirayanagi.

(En la foto: el desaparecido cardenal concelebrando la Eucaristía con el P.Juan Masià)


ADIÓS A UN CARDENAL DE FE Y HUMOR

Juan Masiá Clavel
Dos estrellas polares de la reforma eclesiástica postconciliar ha perdido la iglesia en Asia en el 2009. Los cardenales Kim, de Korea, y Shirayanagi de Tokyo. El 30 de diciembre devolvía a Dios su espíritu Pedro S. Shirayanagi (81 años), acogido en la enfermería de la residencia de los jesuitas en el barrio de Nerima, junto a la Facultad de Teología de la Universidad Sophia, su alma mater.
El cardenal Stephen Kim, fallecido a los 87 años de edad el pasado 16 de febrero, primer cardenal coreano y el más joven del colegio cardenalicio al final de los sesenta,  lideraba en Seúl, como Shirayanagi en Tokyo, el aggiornamiento y el compromiso de la iglesia con  los derechos humanos. Ambos marcaron la historia de la iglesia católica en Asia en el último cuarto del siglo XX. Ambos fomentaron la necesaria y difícil reconciliación entre sus respectivos países.
Seiichi Shirayanagi, nacido en 1928 en Tokyo y bautizado con el nombre de Pedro en la iglesia de Hachioji, fue ordenado sascerdote el 21 de diciembre de 1954. Obispo auxiliar de la diócesis de Tokyo, con derecho a sucesión desde 1969, titular de la misma desde 1970 hasta su retiro en el 2000, presidió de 1983 a 1992 la Conferencia episcopal japonesa.
No querría una necrológica rumbosa quien siempre huyó de formalidades. El pasado abril, acompañando una peregrinación, visitó nuestra parroquia. Ni en  coche, ni con séquito; bajó del autobús, uno más en la cola. Rechazó la casulla barroca: “Prestadme  un alba pequeña,  que soy bajito, y estola que no pese”.  Su homilía, sencilla: “Estamos en Pascua y recibimos misericordia. Sembremos compasión,  que  cure  heridas en un mundo inmisericorde”.

 Graduado del Colegio Stella maris, de los marianistas, estudió filosofía  y teología en la Universidad Sophia  y se doctoró en Derecho canónico en la Universidad Urbaniana. Cuarto purpurado japonés, sucedió al cardenal Doi como titular de Tokyo en 1970. Organizó el Sínodo diocesano del 71 para implementar el Vaticano II. Ayudó a las iglesias asiáticas, como Japón había sido ayudado antes por las occidentales. Desde la Comisión de Justicia y paz apoyó la acogida de la inmigración. Extranjera, denunció las discriminaciones sociales y protestó, junto con otras religiones, ante los intentos de la ultraderecha nacional-sintoísta para nacionalizar el santuario Yasukuni, donde están entronizados criminales de guerra. Promovió la unión interreligiosa por la paz. En la IV Asamblea de Obispos Asiáticos, en 1986, reconoció la culpa de la iglesia por su silencio durante el militarismo de pre-guerra, y pidió perdón, en 1989, por las atrocidades contra China y pueblos asiáticos. Arzobispo emérito, desde el 2000, siguió presidiendo la sección japonesa de la Conferencia Mundial Interreligiosa por la paz (WCRP). Los primeros pésames llegaron desde otras confesiones cristianas hermanas y otras religiones.
La feligresía lo retrata: “Honrado, no mentía, tenía fe y buen humor”. Un cancerbero inquisitorial le escribía memoriales acusando presuntas heterodoxias. Le pregunta el secretario: “¿Dónde archivamos la protesta?”. “Donde siempre, a la papelera”. Invitó a comer a dos teólogos.religiosos. De postre les dice: “El nuncio se quejó de vuestra moral sexual; le dije que os llamaría”. “¿Que hacemos? ¿hay que retractarse?” “No, yo sólo prometí que os llamaría y por eso os he invitado. ¿Habéis comido bien?”
Tras la visita ad limina, contaba: “En Japón, ser obispo no significa nada, ningún privilegio. En Europa nos tratan como obispos y acabamos creyéndonoslo. Pero en los dicasterios vaticanos nos tratan como a monaguillos”.
El día antes de la ordenación ministerial nos llamó uno por uno. Se interesó por la iglesia en España, en oposición al régimen franquista. “En tú país hay conflicto, señal de vida. A veces, en Japón, hay una falsa paz por evitar confrontaciones”.
En el Sínodo sobre la familia en Roma (1982), habló sobre la comunión de los divorciados vueltos a casar. A la salida, le reprendieron cardenales de curia. Pero aquella noche le invitaron a cenar cardenales europeos, que en el brindis le animaron: “Siga proponiendo lo de esta mañana. Díganlo ustedes, que vienen de lejos. Los de aquí tenemos miedo de que nos fichen”.
El cardenal Shirayanagi deja un legado de caridad evangélica, fe y buen fumor, fidelidad eclesial, apertura postconciliar, confraternidad asiática y convivencia intercultural e interreligiosa.
Sus hijos espirituales, incorporados al ministerio por su imposicíon de manos, juntando el dolor de la despedida con la alegría de su entrada en el seno del Dios Padre y Madre, oramos por su descanso en el seno de misericordia, que testimonió durante su vida, y nos encomendamos desde ahora a la intercesión de quien respira ya definitivamente en el Espíritu Vivificador.