sábado, 24 de julio de 2010
De vuelta a casa, Señor,
mis hijos se han quedado dormidos en el asiento trasero del coche.
Confiados,
con la cabeza reclinada en el respaldo,
las piernas y los brazos abandonados a su peso,
duermen tranquilos.
Y a mí, que ya no soy un niño,
me gustaría llevar por los caminos de la vida
esa misma confiada tranquilidad que tienen ellos,
el sencillo abandono de quien piensa:
"no hay nada que temer,
porque conduce mi Padre".
(Juan V. Fernández de la Gala. Orar la Vida. nº 115. Julio 2010.)
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